miércoles, 1 de junio de 2016

La princesa que se cansó de esperar

¡¡Buenos días a todos y bienvenido sea Junio!!

Comenzamos nuevo día y nuevo mes, esta mañana de momento no les traigo la prometida entrada de los retos. ¡Ja! Así los tengo entretenidos, viviendo en la incertidumbre. Por lo tanto, la entrada matutina será uno de mis relatos preferidos. Lo escribí hace tiempo pero hoy lo comparto con ustedes.



La princesa que se cansó de esperar


«Érase una vez una niña. Como sucede en todos los cuentos, era una princesa de un reino muy, muy lejano. Su nombre ya ha sido olvidado y para el cuento, no tiene ninguna importancia. Esta niña, como suele suceder, era muy dulce y hermosa. Soñaba con paisajes hermosos, con montar en un unicornio, con el príncipe azul con el que un día se casaría. Y como suele suceder, la niña fue el objetivo de la ira de una bruja malvada que deseaba aniquilarla. Entonces, tal y como suele suceder, esta tierna niña de tan solo, digamos, ocho años, fue encerrada en una torre lejana, protegida por un frondoso bosque, donde nadie podría encontrarla, donde estaría protegida de la bruja y su hechizo.

Como suele suceder, la niña esperó. Sus padres habían sido considerados. Los bondadosos reyes le regalaron una amplia biblioteca con narraciones de otros reinos e historias populares para que su hija continuase con su educación. ¡Qué impresión se llevaría el príncipe que la rescataría si se encontrase con una princesa inculta! Sí, la inteligencia no es la principal cualidad que se busca en una princesa cuando es una monarquía patriarcal, pero eso no era justificante para tener una reina ignorante que ni siquiera es capaz de coger el cuchillo adecuado para el plato que se ha servido.

Así que la niña esperó, encerrada en sus aposentos. Imaginaba al observar por la ventana que venía su valiente príncipe. Al ser una niña, lo visualizaba vestido de azul. Mallas azules, armadura de plata que resplandeciera azul cuando los rayos del amanecer incidieran en ella. Una capa azul ondeando al viento, el estandarte de su liberación. Y para colmo, su príncipe tendría los ojos azules. ¿Cómo habría de ser sino? De tenerlos de otro color carecería de sentido. La niña se instruyó y esperó, leyó hasta el agotamiento, entrenó sus modales, pensando y soñando en el príncipe que iría a rescatarla.

Cuando pasaron los primeros años, no se desalentó. El bosque era demasiado espeso, era lógico que aún no hubiera encontrado el acceso. La bruja posiblemente lo hubiera capturado y él estuviera librando heróicas batallas para librarse de su yugo e ir a rescatarla. Su mente no descansaba en busca de las infinitas posibilidades. Sabía que había una razón para su tardanza.

Su único contacto con el exterior era un muchacho, un simple campesino contratado por sus padres para que le llevara a su hija todo aquello que pudiera precisar. Comida, vestimentas, más libros. Todo venía en un humilde carromato que parecía a punto de quebrarse, tirado por una mula que casi no podía con su propio peso. El muchacho no tenía nada en particular, era como cualquier otro campesino. Cabello cenizo, cubierto de barro, el rostro empapado de pecas causadas por el sol y unos ojos marrones que no destacaban entre ninguna multitud. Alguna vez, al pasar los años y siendo éste su único amigo y visitante, pensó que él quizá fuera su príncipe azul enmascarado, que utilizada un disfraz para no levantar sospechas. ¡Pero era inverosímil! No era más que un campesino.

Con la ya avanzada edad de quince años y sabedora de que era LA edad, se sentó en la ventana de forma permanente. Había leído todo cuanto podía leerse sobre príncipes y rescates. Las normas de la historia estipulaban que debía quedarse sentada junto a la ventana con mirada soñadora. Debía estar arreglada, el cabello siempre cepillado y las más hermosas vestimentas para deslumbrar a quien pudiera pasar. Una tal Rapunzel, de otro reino, había sido rescatada cuando contaba con su edad. Blancanieves, otra princesa de otro reino, tras sufrir la maldición del sueño fue salvada con su edad. Ya era el momento de que el príncipe apareciera. Y sin embargo, el único que continuaba acercándose cada quince días a verla era el campesino a quien no prestaba atención.

Un día, Él le dijo.

— Baja.

— No —respondió Ella—. Estoy esperando al príncipe.

— ¿Qué príncipe? —preguntó Él confuso.

— Al príncipe azul que vendrá a rescatarme —respondió ella.

Y tal y como ordenaban los libros, suspiró con mirada soñadora perdida en el horizonte.

El muchacho la miraba sin comprender, se rascó la cabeza y dejó todo como había hecho hasta ese momento. Luego se despidieron sin más y el campesino se marchó. La joven, que ya no era una niña, se limitó a verlo alejarse y esperó. Su impaciencia crecía con los días. Imaginaba voces y sonidos procedentes del exterior que anunciaban la esperada llegada pero solo estaban en su imaginación.

Durante un año, su amigo le dijo que se fuera con él. ¿Quién se iba a dar cuenta? Pero ella siguió negándose. Hasta que un día, el campesino dejó de venir. Se había cansado de insistir y recibir la misma respuesta. Otro hombre, un simple desconocido comenzó a ser quien entregaba los víveres a la princesa. Ella se cuestionó su error. ¿Había hecho lo correcto? «Sí», se decía. Pero cada "sí" era menos convencido que el anterior.

¿Cuándo el «Sí» se transformó en un «No»? A la ya anciana edad de veinticinco años. Demasiado vieja para casarse, en los cuentos ya eran madres de cinco hijos. Ella había desperdiciado su oportunidad tras haber pasado diecisiete años encerrada en la torre. Intentó negarse, intentó aceptar su destino con resignación. Pero cada mes transcurría con mayor lentitud y la rabia la llenaba. ¿Por qué? ¿Por qué ella no había sido rescatada? ¿Por qué no venía el príncipe? ¿Por qué no se fue con el campesino? Temió, como el elefante encadenado, abandonar la torre. Esa era su realidad.

Hasta que se cansó.

La rabia la inundó. Rompió sus vestidos y chales, derramó sus perfumes y afeites. Quebró todos los espejos salvo uno. En él se contempló y borró el maquillaje de su rostro. Con unas afiladas tijeras cortó la larga melena que con tanto esmero había cuidado. Se lavó el rostro por complejo hasta que solo quedó al descubierto su piel. Se vistió con unos pantalones que había guardado en cierta ocasión, quebró el vestido hasta que el corsé fue una camiseta suelta. Utilizó una cinta rota para apartar el cabello mal cortado de su rostro. Tras arrancarle las piedras preciosas, se puso un cinturón y colgó en él un cuchillo que usaba para comer y las tijeras. Del otro lado colgó uno de los zurrones donde guardó todas las joyas por si necesitaba dinero.

Rompió todas las historias que tantas mentiras le habían contado y antes de marcharse de su prisión, le prendió fuego. Las llamas se reflejaron en sus ojos azules antes de que ella diera la espalda a su pasado y decidiera salvarse a si misma. Ella sería su propio príncipe ya que nadie vino a rescatarla.

¿Y qué hizo? Buscó a la bruja y acabó con ella, iniciando su propio cuento.

¿Encontró al campesino? Quién sabe. Quizá se vieron pero él no la reconoció y ella estaba dispuesta a dejar todo aquello que la vinculara a su pasado. O quizá ella no se perdonase no escogerlo. Quizá aún no esté preparada.

¿Vio a su príncipe azul? Es probable. Quizá lo encontrara en una encrucijada. Quizá, y solo quizá, el príncipe estuviera en un aprieto.

Y quizá,... solo quizá,... Ella fuera la causante del mismo. Es probable que le hubiera robado lo que tenía, se hubiese colgado su capa azul del hombro y lo hubiera humillado. Y quizá, solo quizá, le gritara una última cosa antes de acabar también con él.

«¿Quién te salvará ahora?»



¡Espero que les haya gustado! A los que ya la habían leído como ven, es una versión remasterizada con algún detallecito arreglado. Un saludo a todos, disfruten y nos vemos pronto.

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