lunes, 11 de julio de 2016

La noche de San Juan - Una estrella

¡Buenas tardes! En este feliz y maravilloso lunes les traigo un nuevo relato, que es la continuación de algo que nos va a venir para largo. Es la continuación del relato "La noche de San Juan", así que nos vamos a meter de lleno en un mundo de fantasía, amigos y amigas.

Les dejo la primera parte para refrescar la memoria: LA NOCHE DE SAN JUAN

La noche de San Juan

Una estrella



«La familia se encontraba atrapada en una encrucijada: debían rescatar el cadáver de Allegra pero no podían apagar la hoguera. Las enseñanzas eran muy claras y hablaban de demonios y criaturas feroces que ocupaban las sombras durante aquella noche. Lo que era peor: habían oído el grito procedente del bosque.

Los padres se miraron y asintieron tomando una decisión: el fuego permanecería encendido.

Era demasiado tarde para la niña y no se arriesgarían a poner en peligro a su familia. Alejaron del alcance de las llamas a los más pequeños e intentaron que el ambiente se relajase pero resultaba imposible pues la imagen de Allegra saltando al fuego estaba grabada en las retinas de todos.

Pero sin duda, a quien mayor impresión había causado fue en Ariel. El muchacho continuaba clavado en su sitio con la mirada donde había saltado su amiga. No era capaz de comprender qué era lo que la había llevado a ello. ¡Estaba contenta! En su estado de incredulidad era incapaz de llorar. También tenía que ver el que sus ojos estuvieran secos por la hoguera.


Tragó saliva y se agachó para tirar a las llamas un trozo de leña que había rodado hasta sus pies. Estaba caliente pero no quemaba, como si no hubiera llegado a arder. Claro, esa maldita rama no pero su amiga sí.

Si hubiera sido mayor, era muy probable que Ariel hubiera caído en el odio, en la rabia y su mente se habría llenado de pensamientos tales como "¿Por qué la saqué del bosque?".

Pero era un niño...

Entre la tierra vislumbró algo brillante. Removió con la mano todo aquello que le impedía ver qué era lo que titilaba entre el polvo y las cenizas. Quizá un trozo de espejo o metal. Cuál fue su sorpresa al encontrarse con un colgante con forma de estrella que irradiaba luz propia.

...Un niño con un futuro.

Cuando el dije tocó la palma de su mano le quemó la piel, hasta fundirse con ella. En las historias y leyendas, se habla de conocimientos adquiridos tras el contacto de una gema, de un artilugio, arma o pieza únicas procedentes de la fantasía. Los héroes descubren qué es lo que deben hacer, que son seres especiales y cuál es su nuevo camino.

A Ariel no le ocurrió nada de eso. Lo único que sintió fue el metal quemando la piel de su mano y como ese ardor por todo el brazo hasta el hombro. La extremidad estaba entumecida por completo por lo que cuando sus padres llegaron a su lado, con el rostro desencajado por la preocupación, no había dolor, solo ese fuego con forma de estrella.

— ¿Qué te ocurre, Ariel? ¿Por qué gritas?

El niño se sorbió los mocos y tosió antes de contestar.

— Vi que algo brillaba en el suelo... Lo cogí y me quemé... —tuvo que alzar el brazo con la ayuda de la otra mano pues era incapaz de moverlo—. Me duele, mamá.

Lloró, como hacen los niños, pero no podía controlarse. La madre le limpió el rostro con el puño de su camisola y luego, con mucho cuidado le abrió los dedos que con tanta fuerza tenía cerrados.

Entonces, fue ella quien gritó.

— ¿Qué ocurre, mujer? —dijo su marido. Bajó la mirada hacia la palma de su hijo y encontró la respuesta.

Ambos padres se apartaron de Ariel como si estuviera enfermo y fuera contagioso.

— Mamá... ¿Qué me pasa...? —estaba asustado.

Sus padres lo ignoraban, se limitaban a cuchichear entre ellos, por lo que tuvo que aguzar el oído para comprender lo que se decían.

— ... Debía ser un hada.

— ... Y el rugido... —el crepitar de la hoguera no le permitió escuchar lo que seguía, pero ambos padres asintieron—, y esta noche...

Ariel estaba aterrorizado. Sus padres eran muy supersticiosos, cumplían todas las tradiciones de todos los hechos que pudieran suceder. Se santiguaban al hablar de los muertos y cuando fallecía alguien, aunque no fuera familiar, cubrían el único espejo. Si veían pasar el carro fúnebre incluso escupían. Si se mentaban a las brujas o creían que había alguna cerca, quemaban sal. Por eso era tan importante para ellos aquella noche, para alejar todos los malos espíritus y demonios y ahora hablaban de hadas. ¡Hadas! 

Si Ariel supiera... pero ya sabría. Ya tendría tiempo a comprender.

Con un último asentimiento, los padres se giraron y clavaron en él una mirada oscura que albergaba sentimientos contradictorios. Dolor y pérdida, rechazo y miedo. Pero no había amor.

— Debes irte —le dijo su padre.

Ariel no daba crédito a lo que acababa de oir.

— ¿Qué?

— Ahora mismo. Tienes que irte, no puedes quedarte más con nosotros. Has sido marcado por los demonios, han conseguido llegar hasta ti y si te quedas, conseguiras que nos maten a todos —su padre era firme. Siempre fue estricto, duro pero aquello no le tenía sentido—. Es lo mejor, muchacho.

Muchacho... Ni siquiera hijo.

— Pero papá...

— No hay peros. Te marcharás ahora mismo.

Ariel miró a su madre y se encontró con la misma mirada. Se sentía perdido, abandonado. ¿Dónde estaba la mujer que le limpió el rostro, aterrorizada ante la idea de que hubieran dañado a su hijo?

— Mamá...

— Tienes que pensar en tus hermanos, no puedes ser egoísta. Tu trajiste a un demonio a nuestra mesa y eso nos pone en peligro, es lo menos que puedes hacer.

Ariel intentó tragar saliva para deshacer el nudo que se le había formado pero se le había secado la boca... Dio unos pasos para acercarse, quería abrazarlos... quería despedirse... pero sus padres se apartaron como lo habrían hecho de un animal rabioso. Tuvo que taparse la boca para ahogar el quejido que iba a iniciar un nuevo llanto.

— ¿Puedo despedirme...?

Su padre negó. Su madre le hizo un gesto señalando el sitio donde estaba.

— No pero si te quedas quieto ahí, te traeré algo para que puedas llevarte en tu viaje —no había bondad.

— Gracias.

Algo en el tono de sus palabras le dijo que le tenía que agradecer, que dada su suerte era afortunado de aquella muestra de misericordia. Su madre se marchó y volvió al cabo de un rato con un macuto. En todo el tiempo de espera su padre permaneció en el mismo sitio, vigilando que no se acercara a la casa, ni a nadie.

"Parece capaz de coger un palo y golpearme si intento ir a casa", pensó el muchacho.

Su madre le mostró el macuto.

— Tienes dos mudas de ropa, algo de dinero y comida para el viaje. Es todo de lo que podemos prescindir —No se molestó en acercarse, ni tuvo la intención. Le lanzó la bolsa a sus pies.

Ésta rodó y se abrió por lo que algunas manzanas cayeron fuera. Ariel se agachó y las volvió a meter en la bolsa, probablemente fueran su único alimento... Miró a sus padres,... No, a aquellos desconocidos que hasta hacía unos momentos eran sus padres.

— Mamá... Papá... —sus rostros se endurecieron con el rechazo— Los... los quiero.

Sus palabras no ablandaron a aquellos adultos decididos. El joven Ariel se colgó el zurrón al hombro y sin ninguna clase de destino fijo inició la marcha internándose en los bosques. Tardó horas en poder quitarse el dije de la piel y colgarlo al cuello. El dolor de su corazón impulsó sus pies y cuando le dolieron éstos, siguió avanzando para poder olvidar la soledad que lo embargaba. Durmió cuando ya despuntaba el alba, muy lejos de su hogar y su pasado.

No le hubiera sido ningún consuelo a su dolor el saber que sus padres habían acertado a medias en sus superticiosos vaticinios: los demonios visitaron la casa. Cuando el fuego disminuyó hasta convertirse en brasas y todos dormían, se internaron por los resquicios y las sombras, devorando los suspiros de los durmientes, paralizando sus corazones y finalmente, danzaron sobre los cuerpos. Haber expulsado a Ariel no los había salvado.

Los había condenado.»


¡Espero que les haya gustado! Es breves más y mejor. Siempre acepto recomendaciones, comentarios. ¿Quieren una continuación, una historia sobre algún tema? Estoy abierta a sugerencias. ¡Saludos!

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