miércoles, 14 de septiembre de 2016

La noche de San Juan (VI) - Allegra

¡Hola a todos! Llega un nuevo día y un nuevo relato. Vengo con muchas ganas de escribir y por eso vuelvo con la continuación de uno de los relatos más queridos: La noche de San Juan. Podría ser supersticiosa y traer un relato de terror en un día como hoy, ¡pero no!

La noche de San Juan

Allegra


«Con el amanecer viajaron por caminos embarrados alejándose del claro que ya no parecía tan acojedor como la tarde anterior. El resguardo de las hojas se había evaporado tras la tormenta y la tierra húmeda se había convertido en todo un desafío para las ruedas del carromato. No obstante, Serafín sabía como azuzar a los animales para que la diligencia no se quedase atrancada y dirigirlos para esquivar cualquier sombra sospechosa de ser un hoyo peligroso. Ariel viajaba en la parte de atrás, resguardado del viento frío junto a Diana que dormitaba entre pieles y bultos.

El muchacho la miraba por momentos para volver a desviar la vista al paisaje que dejaban atrás. Se sentía afortunado. Tanto que no podía creerlo y temía que de un momento al otro todo fuera a desvanecerse.

— ¿En qué piensas?

La voz de Diana lo hizo sobresaltarse. Ariel se giró hacia ella, medio ruborizado y negó. Quizá sus últimas vivencias lo hubieran endurecido pero no dejaba de ser un niño.

— En nada... —la miró durante unos instantes antes de desviar la vista hacia el camino— En que sé que todo esto desaparecerá. Que tarde o temprano todo irá mal.

— No tiene porqué ser así. Ya oíste a Serafín: si trabajas duro, tienes sitio con nosotros. No tienes más que preocuparte.

— Ya...

Pero Diana no sabía de las muertes inexplicables, de los terrores ante su marca. Lo ignoraba y eso le dejaba un temor a Ariel, un regusto amargo en la garganta del que no podía librarse.

— ¿Qué es lo que te preocupa? —la muchacha se había acercado. Transmitía confianza y eso hacía que Ariel quisiera contarle su historia.


— ¡Hemos llegado a un pueblo! —El grito de Serafín precedió el brusco frenazo del carromato—. Dejad de dormir y venid.

Con los repentinos movimientos del carro, Diana había caído sobre Ariel pero no tardó en reponerse y ya estaba fuera de un salto. El muchacho en cambio, continuaba siendo un nudo de piernas y brazos y necesitó unos minutos más para intentar no caer en un charco de barro. Sus nuevos compañeros observaban el pueblo al que aún no habían entrado. Ariel se percató de que en realidad faltaría una hora de viaje pero que por el camino despejado se podían ver en la distancia las casas y el humo de las chimeneas.

Eso le hizo pensar...

Que el encuentro en el claro fue más meditado de lo que pensó. Lo debieron de vigilar entre los árboles mientras él pensaba si acomodarse o no.

— ¿Qué dices? —La expresión de Diana se asemejaba a la mujer que había empuñado el cuchillo bajo la luna pero volvía a ser diferente. Estudiaba las casas en la distancia.

— Nos vendría bien un nuevo toldo, provisiones y un baño caliente tampoco estaría mal —Serafín volvía a ser el hombre peligroso, sus dedos bailaban sobre la empuñadura de su daga mientras variaba el peso de un lado a otro pero no era el demonio que casi lo asesina. Meditaba las posibilidades.

— Si es lo bastante grande...

— Ya dijimos que grande o pequeña, una ciudad nos va a joder por igual. Tenemos que cruzarlo, así que con eso ganaremos algo de tiempo...

— ¿Por qué os persiguen? —Ariel soltó la pregunta sin que nadie se lo esperase, ni siquiera él mismo.

Diana y Serafín lo contemplaron sorprendidos pues se habían olvidado de él. Intercambiaron una mirada en la que ambos llegaron a un acuerdo. Diana volvió al interior del carromato y Serafín le dio una palmada en la espalda al muchacho.

— Súbete que nos queda un poco de viaje, renacuajo.

Nuestro héroe obedeció con fuego en la espalda y la chispa de muchas incógnitas ardiendo en su mente. Por fortuna para él, las ruedas de su destino giraban hacia una hoguera que resolvería algunas incógnitas.

Era un pueblo grande o una ciudad pequeña. Su tamaño era perfecto para pasar desapercibidos siendo extraños. Había un gran movimiento ciudadano que no tardó en arrastrarlos hasta la plaza central. Ariel observaba todo con cierto nerviosismo. El carro finalmente se detuvo y unos golpes en la madera fue la señal para que ambos bajasen.

En el viaje había atardecido y el poblado se congregaba en torno a unas enormes mesas llenas de comida. En el centro de la plaza se preparaban unas hogueras mientras hombres y mujeres vestidos con ropas holgadas y coronas de hojas secas charlaban animadamente entre ellos. Diana buscaba con la mirada una posada, Serafín tiraba de las riendas de los animales aunque estudiaba a las personas que los rodeaban. Ariel, mientras tanto, miraba todo confuso.

— ¿Qué fiesta es? —Dado que ninguno de sus compañeros pareció oirlo, le dio unos toques en el hombro a Diana. La muchacha clavó en él sus ojos de luna—. ¿Qué se celebra?

— Ehh... ¿Qué fiesta es? 

— ¿Y qué cojones importa? —El hombre señaló al fondo de la calle una taberna—. Voy hacia allí, comportaros.

Diana miró a Ariel.

— Voy a comprar lo que nos hace falta. Ya viste cual es la taberna, intenta no perderte ni meterte en problemas.

Sin darle tiempo a responder, la joven desapareció en la multitud. Nuestro joven héroe se encontraba en la disyuntiva de querer moverse por el pueblo pero temía que ocurriese algo malo como sucedió con anterioridad. Tampoco tenía los medios adecuados. Sus cosas habían quedado en el carromato y Serafín no le había pedido que lo acompañase. Seguir a Diana ya no era una opción. Optó por lo sensato: quedarse donde estaba.

La noche no tardó en llegar y la gente del pueblo reía y compartía un cuento de comida caliente entre todos los que estuviesen en plaza. Ariel no tardó en sentirse cómodo en medio de aquel ambiente de seguridad y paz. La música y el baile le hicieron reir, la comida caliente le hizo soñar. No era un iluso, sabía que no podía fiarse pero algo cambiaba en su interior.

No era una noche cualquiera para nuestro joven héroe. Tres meses habían pasado desde las hogueras de San Juan.

Una mujer se acercó a él como lo había hecho a tantos otros y lavó su rostro con sumo cuidado. El agua estaba congelada. Cuando le tomó las manos, Ariel se resistió pero la mujer insistió. No se inmutó ante la cicatriz que a otros había horrorizado y que su exilio inició. No obstante, cuando el agua entró en contacto con la piel, un cosquilleo se inició en el pecho y recorrió todo el cuerpo de nuestro héroe.

El calendario de los celtas tiene más de una celebración y todas ellas son importantes. San Juan o Litha, el solsticio de verano.

Invadido por el cosquilleo, Ariel se examinó la mano, comprobando que ya no parecía tan horrenda como hacía un instante. Quizá fuera solo un efecto óptico pero la forma de estrella se había acentuado. Perdido como estaba en las cavilaciones, se sobresaltó cuando las hogueras estallaron en llamas y el rugido de la multitud se alzó hacia el cielo junto con las chispas y el humo.

Tres meses más tarde, se despide el verano y se recibe la otoño. Se agradecen las cosechas. Es el equilibrio entre la luz y la oscuridad.

El fuego siempre le traía a la memoria el recuerdo de su amiga pero con el cosquilleo en el pecho, no podía resultar algo triste. Era una energía constante. Ariel vio un movimiento entre las llamas y tuvo que frotarse los ojos cuando contempló sorprendido como una figura. No, como una persona saltaba de una llama a otra.

Se le llama Mabon, en honor a la reina de las hadas. En honor a Mab.

Ariel se movió de forma inconsciente entre los pueblerinos siguiendo aquel cuerpo danzante que lo llamaba. Esquivó a los hombres que realizaban malabares con antorchas. Hubo algún grito de advertencia, alguna mano que quiso detenerlo pero nuestro héroe estaba camino de su destino.

En el centro mismo de la plaza, donde el calor resultaba sofocante, Ariel se encontraba de frente a un ente brillante compuesto por las mismas llamas que los rodeaban. El colgante en su pecho ardía.

— ¿Allegra?

Por un instante vio el rostro sonriente de su amiga dibujado entre las llamas. Le señaló su colgante y se tocó los labios antes de abrazarlo.

— ¡ARIEL! —se oyó desde algún lugar.

Mabon es la fiesta de la muerte antes del renacer.

Mientras nuestro joven héroe estaba protegido por el cálido abrazo del espectro, el fuego se expandió como miles de saetas certeras por el poblado. Los demonios desde las sombras rugieron hambrientos pues era su momento, ¡era su festín!

Todos limpiaron sus pecados en agua pero fueron las llamas los que no los consideraron dignos. En el medio de las cenizas, el joven héroe dormitaba.»

¡Espero que les haya gustado!

En breves más y mejor. Saludos.

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