miércoles, 26 de octubre de 2016

El Parásito (II) - Paranoia / Parte 1

¡Feliz Miércoles!

Halloween está a la vuelta de la esquina y el terror tiene que llegarnos a lo más hondo de la médula espinal. Por eso me pongo a trabajar en lo que viene a ser esta historia que tiene que tenernos a todos clavados al asiento.

Previosly:


El Parásito

Paranoia (Parte 1: Introducción)



«Cuando lo vi supe que siempre estuvo presente. Fue toda una revelación, algo terrible que descubrir. Estuvo allí en cada momento. Lo notaba, respiraba, en cada instante me acompañaba, en cada movimiento, lo veía en las sombras e intuía sus movimientos por el rabillo del ojo. Él...

Tengo que aclarar mis pensamientos, no puedo permitir que todo sea tan confuso.

Él ha estado desde el comienzo. Él es mi Alfa, probablemente sea mi Omega pues también esté en mi final, como acompañante, medio o causa. No lo sé. No quiero saberlo.

— ¡Cállate!

No quiero saberlo. Por eso escribo este diario. No sé cuánto tiempo me queda. Él ha decidido revelarse ante mí como un mesías de mi sufrimiento, como,... Un descubridor. No le creo ya que lo he padecido toda mi vida y sus palabras son veneno. Me tiemblan las manos sobre el teclado. Quiero mantenerme coherente, firme y que mi historia tenga sentido. Por eso volveré al principio.

Él es mi Alfa y probablemente sea mi Omega.

Nunca supe que estaba allí como una entidad pero sí era consciente de que había algo. Las pesadillas eran demasiado vívidas. Nadie las tenía como yo. Nadie... ¡Mierda! Nadie despertaba con el rostro desencajado a edades avanzadas y mirando la cama con odio como si ésta fuera la culpable aún sabiendo que es tu propia cabeza quien tiene el problema. No, eso no era normal.

La imaginación era demasiado poderosa, tanto que incluso despierta oía cosas que no se habían dicho, sentía que me tocaban cuando no había nadie. Estando sola, (¡SOLA!) en una calle y tras comprobarlo una y otra vez no podía evitar apretar el paso, notaba un aliento en la nuca. Noches extrañas en las que sentía un peso a los pies de la cama, la tensión por si la puerta se abría, vigilar el armario. Incluso en el mayor estado de relax algo te dice que estás esperando.

Pero, ¿qué? O peor, ¿a quién? No lo sabes pero esperas. Todo tu cuerpo lo hace.

Durante una película de terror en una casa rural cuando te has ido de vacaciones, todos tus amigos se asustan por una rama o un repentino golpe pero tú permaneces inmutable. Sabes que ESO no es lo que debes temer. Te lanzas llena de adrenalina a la aventura con una linterna, buscando entre risas aquello que todos temieron. Sí, esas son las cosas que a una la hacen feliz. Las aventuras, el miedo (irónico, ¿no?), la adrenalina en el más puro estado.

Hasta que encuentras un hueco extremadamente oscuro. Tus piernas se detienen. Hay algo diferente. Antes pasaste delante de una casa abandonada, a medio derrumbar por la que entraste sin dudar a riesgo de tu vida pero este hueco... Este hueco es distinto. Tiene susurros.

Los oyes.

Te giras y tus amigos están lejos.

Una rama se quiebra y no hay nadie, ni tú misma te has movido. Tu corazón se acelera en el pecho, intentas respirar. Sabes que tienes que iluminar, alejar las sombras, inspeccionar y huir. Los susurros se acercan, una mano presiona tu vientre y otra sube por tu espalda hasta tus cabellos. Son manos de hielo que te aterrorizan y excitan a la vez. Terror y adrenalina.

Tragas saliva.

Debes iluminar, lo sabes. No puedes hacerlo. El pulso es demasiado inseguro. Oyes un correteo, como de diminutos pies entre la hierba. Quieres pensar en una rata, un hurón, quizá hasta un gato pero no hay lugar por el que un animal haya pasado. No lo has visto, no hay nada. Solo el hueco y tú.

Y los susurros.

«Adelante» te dices, como si eso fuera a llevarte a algún lado.

Percibes un movimiento en la oscuridad. Las piernas son de plomo. Los susurros son casi voces.

— ¡Eh! ¿Has visto algo?

Das una bocanada de aire y lo sueltas de golpe. Es como si hubieras despertado. De nuevo silencio. Los susurros han callado, el movimiento desapareció, solo está tu amigo que se acerca con paso atronador pero recién lo oyes a un metro de distancia. La cabeza te da vueltas.

Sonríes y niegas.

— No. Un ratón pero salió corriendo.

Mientes. Mientes y mientes.

Todo son mentiras. Nadie entiende los susurros, nadie entiende las voces, los gritos, las sombras, las pesadillas. Todos piensan que son fruto de una poderosa imaginación y tú misma quieres creerlo.

¿Qué más puede ser?

Pues, al final, resultó ser Él


¡Espero que les haya gustado!

En breves más y mejor. Se agradecen comentarios. Los adoro ^^

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