lunes, 31 de octubre de 2016

El Parásito (IV) - Consecuencias (D.A.)

¡Buenas noches!

Se termina Halloween pero hoy no podía pasar sin relato alguno. Ya hubo una entrada mañanera con el booktag (que espero que les haya gustado =D) y toca continuar con nuestro querido amigo, Él.

Previously:

El Parásito

Consecuencias (D.A.)


«El tiempo es relativo.
El tiempo es exacto.

Las dos frases son absolutamente reales y tienen el mismo peso. El tiempo es una unidad de medida exacta. Puedes coger un reloj, mirarlo y contar cada segundo, minuto, hora, día, semana, mes, año... Incluso menos, incluso más. Hay miles de medidas exactas de tiempo y los científicos se afanan en buscar aún más. Como si no tuviéramos suficientes.

¡PERO! Luego está la percepción que tenemos del tiempo y esa es bien distinta. Y cuando no puedes dormir o tus pesadillas son en ocasiones más reales que la propia realidad, comienzas a perder la noción del tiempo. ¿Qué día es hoy? Es una pregunta corriente. Por sorprendente que sea, tu cuerpo tiene un reloj interno que guarda las horas porque al despertarte en medio de la noche intuyes qué hora es. Así de extraño es todo.

Esto no es por aburrimiento, no es que quiera ponerme filosófica antes de volver a la historia. Todo tiene su razón de ser. Tras el día A perdí la noción del tiempo por completo.

Los días transcurrían pero no sabía qué día era cuál, qué momento era qué. Todo sucedía pero yo no lo comprendía. Se limitaba a pasar uno tras otro y yo estaba allí como un testigo que si bien interactuaba no comprendía el medio en el que me movía. Despierta era una estúpida. Me perseguía el fantasma de Él: sus ojos blancos, su rostro... y cuanto más lo evocaba, más pensaba que se esfumaría.

Por las noches, el reloj pasaba por mi cuerpo con total precisión y dormía sabiendo qué hora era. Él no estaba allí. No lo volví a ver. Eso aumentaba dos cosas: la creencia de que si lo recordaba gastaría su imagen y se esfumaría; y la paranoia.

Volvía caminando por la calle y repentinos susurros me hacían girar. Si, no había nadie. Manos que me tocan pero nadie está allí. Adrenalina que se dispara sin razón aparente. Mi corazón iba a terminar explotando. ¿Mi familia? Preocupada, les dije que tenía malas noches por exámenes. ¿Qué les iba a contar? Ya soy mayorcita para decirles que me asusta un fantasma que ni siquiera era verdad pero...

"Mírame bien y recuérdame."

Lo recordaba a cada momento, cada instante. Me tiraba del cabello, quería esconderme pero, ¿dónde? No era un peligro físico, no era un acosador, un violador, una maldita bomba. No, estaba dentro de mi cabeza.

Hay un puente...

Cerca de mi casa. Hay un puente. No muy alto solo lo suficiente. Volvía caminando de un largo paseo y notaba la adrenalina otra vez. Ya era tarde, el corazón me impedía respirar. Necesitaba parar un segundo, no era nada con segundas intenciones solo buscaba descansar para que al dar una profunda bocanada mis pulmones se expandiesen, las pulsaciones bajasen y yo pudiera llegar a casa sin desmayarme en el camino.

Me apoyé en la barandilla. Estaba fría y un hormigueo subió desde el metal congelado por las palmas de mis manos, ascendiendo por la cara interior de mis muñecas, los brazos hasta mi cuello, como dedos enredándose en mi cabello y bajando por la espalda. Por un segundo fue gratificante, casi como un placer culpable hasta que me di cuenta que el hormigueo de las muñecas no cesaba y una imagen nada extraña volvía a dibujarse en mi mente.

Abrí los ojos, buscando de esa manera apartarla al mirar otra cosa. Los coches pasaban veloces por la carretera debajo del puente. Luces blancas que venían, rojas que se alejaban. El viento me empujaba 
de frente revolviendo mis cabellos y por la espalda, aplastando mi vientre contra la barandilla.

"Salta."

El corazón me dio un vuelco.

Estaba despierta.

No podía ser verdad.

"No es tan difícil. Inclínate, deja que el viento haga el resto."

Estaba... era... Los pensamientos se volvían inconexos, mi mente carecía de claridad. Todo mi cuerpo había entrado en el más puro estado de alerta.

Huida, miedo, PÁNICO.

Su voz era clara. No como la voz mental que tiene uno de sí mismo, no como el recuerdo de otras voces. Una voz clara, perfectamente sonora como si estuviese escuchando una llamada de teléfono, como si me susurrase al oído pero DENTRO DE MI CABEZA.

"Salta."

Empujé, apartándome de la barandilla y aún hoy no comprendo cómo no caí al suelo de la impresión. Su risa me llenó por completo.

"Venga, vamos a casa."

Corrí, corrí tanto como me daban las piernas al son de sus carcajadas.»


Espero que les haya gustado. El terror continuará mañana. ¡Que tengan dulces sueños y Él no los acose!

Nos vemos.

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