martes, 8 de noviembre de 2016

El Parásito (VI) - La Tormenta (D.A)

¡Feliz Martes a todos! Espero que esten preparados esta semana para una nueva visita de Él. Las obligaciones hacen que pueda escribir menos pero eso no hace que su presencia sea menos intimidante ya que nadie lo olvida.



El Parásito

La Tormenta


 «La tormenta... No quiero hablar de ella. Siento que el pecho me asfixia solo con pensar en esa noche pero seré justa. No porque Él lo haya dicho, es que os he prometido que llegado mi final... sea cuando sea... que os contaré mi historia. Tengo que hacerlo.

Fue durante un viaje. Era pleno invierno y nos metimos por una de esas carreteras rurales que surgen de una comarcal. Una carretera de tierra y césped como cualquier otra. Viajaba con unos amigos hacia una casa en la que nos quedábamos por unos días de descanso. Hacía un frío que calaba hasta los huesos, llovía sin dar tregua. Cuando intentamos entrar por el camino sucedió lo inevitable: nos quedamos atrapados.

Os podéis imaginar la escena: a pesar de ser temprano no tardamos en hundirnos en el barro y éramos cuatro personas luchando por poner piedras y quitar barro. La casa estaba cerca por lo que solo tuvimos que subir andando, buscar algunas herramientas (como una linterna que no tardó en fallarnos, cuerdas, algunos palos y un cuchillo a falta de tijeras para cortar las cuerdas). En el ambiente reinaba una mezcla de emociones. Por ejemplo: el dueño del coche, como es lógico estaba preocupado por el mismo. En general había una gran preocupación por el coche.

Salvo por mi parte. La adrenalina y la emoción mantenían el frío lejos. Estaba oscuro como boca de lobo y el principio del trabajo me tenía tan ocupada que parecía una niña jugando que una adulta preocupada por un coche atascado. Finalmente fui la encargada de sujetar el cuchillo y la linterna. Dos trabajando, uno en el coche. Es la rotación lógica.

Y ahí permanecí yo... inmóvil bajo la lluvia y el granizo, en medio de ese frío que hasta el aire que salía por la nariz lo hacía en forma de vaho. Poco a poco éste iba calando más y más, traspasaba la ropa, la piel, la carne y el hueso hasta anclarse en la médula pero fue otro frío distinto el que me advirtió de su presencia. Unas manos que subieron por las piernas hasta llegar a mi vientre.

Excitación.

Miedo.

Mi pecho subía y bajaba veloz al ritmo de los latidos.

Pude sentirlo. El corazón se aceleró, unas manos de hielo tocando mi espalda tensándola. No quise girarme. Sabía lo que había detrás, podía verlo sin necesidad de darme la vuelta. El regusto de la bilis hizo que tragase saliva e incluso noté un estremecimiento en mi intimidad. Nunca he comprendido del todo esa mezcla entre el miedo y el deseo. ¿Por qué mi cuerpo reacciona de esa forma? ¿Es por la adrenalina? Son unos segundos antes de caer en un pánico que me paraliza pero la sensación es placentera al menos durante un instante.

Me giré, muy despacio hacia la cuesta que se situaba detrás de mí.

"Lo has visto, ¿verdad?"

Su voz me llenó por completo. En esa noche como boca de lobo solo se oía el golpeteo de la lluvia, mis latidos desbocados y su voz cavernosa llenando mi mente.

— Cállate — mascullé por lo bajo.

Volví a mirar al frente clavando la mirada en los faros traseros del coche intentando centrar la atención en la actividad de mis amigos pero las gélidas manos se aferraban a mi vientre y percibía su aliento en mi nuca como una invitación a mis más profundos terrores.

"Sé que lo has hecho, por eso evitas girarte. Esa sombra bajando la cuesta. La notas, puedes percibirla. Aunque te niegues sientes sus dedos fríos en la espalda..."

— Basta — era un grito bajo entre dientes apretados.

"... su sisear, la forma sinuosa de moverse. No te giras porque temes que esté allí. Dime, ¿qué ves?"

Sonreí. El parásito no sabía qué temía. Por un instante saboreé la victoria, mi cuerpo se vio liberado, se sintió más ligero y en el furor discreto de una grandiosa celebración interna, giré.

Me giré hacia la dichosa cuesta que estaba iluminada por una única farola y poseía de fondo el monte, como horizonte la carretera comarcal, distinta a la rural en la que permanecía de pie. Dos casas antiguas y cerradas, tan oscuras y siniestras como todo lo que me rodeaba enmarcaban el paisaje. Restos de piedra, madera y vidrio caían por todo el camino. Los arroyos creados por la lluvia se deslizaban por la carretera y al final de ésta, o más bien al comienzo, se describía una ligera curva.

Mi sonrisa desapareció cuando con paso lento, parsimonioso, un perro gigante de ojos blancos y afilados colmillos entró en el camino e inició el descenso. Su aliento creaba fuertes vaharadas, casi podía olerlo. Entre la lluvia se oía el gruñido bajo de su ronca respiración y su persistente olfateo de bestia hambrienta en busca de una presa. Necesité parpadear un par de veces para que la imagen desapareciese.

Su ronca risa llenó mi mente.

"Te conozco mejor que tú misma."

Apreté la mandíbula conteniendo un grito de frustración. ¡Cuán poco había durado la victoria! Volteé hacia el coche, me negaba a mirar el camino del perro negro. No estaba allí.

"Soy tus miedos internos, tus deseos más oscuros, aquellos que deseas hacer pero te contienes de pensar. Soy todo lo que ocultas al exterior y a ti misma."

Un nuevo escalofrío en la espalda y la nuca me decía que la criatura estaba bajando la cuesta. Realidad e ilusión se desdibujaban.

"No lo sabes todo", respondí en otro pensamiento.

No quería girarme, no quería chocar con la posibilidad de que allí estuviese la criatura descendiendo. No quería que me vieran hablando sola. La mano que sostenía el cuchillo comenzó a hormiguear.

"Eso también lo deseas."

Miedo. Terror.

Deseo. Adrenalina.»


¡Espero que hayan disfrutado! Prometo que en breves viene más, no les dejaré con la intriga mucho tiempo, que la tormenta no ha acabado aquí. ¡Nos vemos!

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